República Dominicana ha cambiado mucho en las últimas décadas. Ha crecido, se ha modernizado y ha construido importantes infraestructuras. Pero hay una pregunta que no podemos seguir evadiendo: ¿por qué tantos problemas básicos continúan formando parte de la vida cotidiana de los dominicanos?
Cambian los gobiernos, cambian los funcionarios y cambian las promesas, pero seguimos hablando de agua potable, electricidad, calles deterioradas, transporte deficiente y alimentos cada vez más costosos.
El problema no es solamente que existan dificultades. El problema es que muchas veces parecen convertirse en problemas permanentes.
Y cuando finalmente conseguimos algo que funciona, tampoco siempre somos capaces de garantizar que se mantenga.
La reciente avería eléctrica que paralizó durante casi dos horas un tramo de la Línea 2 del Metro es un ejemplo. Una falla puede ocurrir en cualquier sistema, pero también obliga a preguntar por el mantenimiento, la prevención y la capacidad de respuesta de las instituciones.
Construir es importante; mantener lo construido es una obligación.
Mientras tanto, la política continúa demasiado concentrada en el poder. Los partidos discuten candidaturas, posiciones y cuotas, mientras la ciudadanía espera respuestas a problemas mucho más concretos.
El Estado no puede convertirse en un espacio para repartir empleos y posiciones cada vez que cambia un gobierno. Las instituciones necesitan continuidad, profesionales preparados y funcionarios que sean evaluados por resultados.
Porque el ciudadano común no vive de discursos.
Vive con el precio de los alimentos, paga el combustible, espera el agua, enfrenta apagones, transita por calles deterioradas y utiliza un transporte público que necesita funcionar cuando más se necesita.
Por eso resulta insuficiente repetir que el país está avanzando. La pregunta es dónde está ese avance cuando se mira desde la vida cotidiana de una familia que tiene que hacer malabares para llegar a fin de mes.
República Dominicana necesita una política menos preocupada por repartirse el Estado y más concentrada en hacerlo funcionar.
Necesita funcionarios que entiendan que ocupar un cargo público no es un premio, sino una responsabilidad.
Y necesita ciudadanos que no se conformen con escuchar que todo está bien cuando su realidad les dice otra cosa.
Porque al final, el verdadero progreso no se mide por la cantidad de discursos pronunciados, sino por la cantidad de problemas que dejamos de padecer.

